Salven a la selva y salvarán a los Mbya
Quiero agradecer a Enrique Hopman, un hombre que tiene una vida y un apellido que le cantan al optimismo, que me haya acercado este texto del poeta entrerriano Luis Alberto Salvarezza. Leerlo me movió profundamente a pensar en mi futuro, en los tiempos que vendrán para mis hijos y nietos. Quiero pedirles que me acompañen en el ejercicio de sumergirse en su lectura reflexiva y lenta. Aunque no hayan conocido aún a los mbya a los que se refieren sus versos, seguro les pasará lo que me pasó a mí. Llegué a pensar, de manera casi egoísta, que al dedicar mi vida a la causa del desarrollo indígena en realidad busco salvarme yo mismo, salvando a la selva y salvando a su cultura originaria.
Salven a la selva y salvarán a los Mbya
“Nosotros, los pocos que quedamos, nosotros todos, los abandonados, queremos que se nos conozca como los que hacen florecer la tierra”. Vivimos en una selva hoy muy reducida, pero ancestralmente de ella nos alimentamos, nos curamos el cuerpo y el espíritu. Y como dicen nuestros "arandu" (sabios): "Mientras los vientos sagrados soplen por aquí, siempre viviremos en forma apacible". Como hace más de cinco mil años, queremos seguir en armonía con la naturaleza. Ahora es muy difícil y por eso nos entusiasma que consideres caminar con nosotros, para que nos reconozcan y lleven nuestro mensaje al mundo que nos rodea.
Somos parte de la selva, no sus dueños, como el Kochi, Pekari, Venado, Coatí, Paca, sin el monte no sólo se acaba nuestra vida, sino también la de todos ellos.
Tercer Manifiesto
"Nos sentimos mal.No queremos dejar nuestro lugar. Allí vivieron nuestros abuelos y allí está nuestro cementerio".
Artemio Benítez, Cacique de Tekoa Yma
"Donde hoy vivimos se criaron nuestros mayores, nos criamos nosotros y se criarán nuestros hijos” Martín Fernández, Cacique de Kapi'i Yvate
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“…que consideres caminar con nosotros…”
E inicié el camino sin saber si iba hacia el corazón de la selva o hacia el corazón de los Mbya. Descalzo, desnudo de occidente, lo inicié. Y la selva estuvo enredándome entre sus lianas.
Perfumándome. Cántaro se hizo la cesta y amatista, piedra, luminosa piedra, el agua de tanto llanto.
Cuando lo decidí sabía que debía sentirme habitado por ellos. El ñangapirí, la guayaba y el sauco blanqueaban la permanente noche de la selva.
Y anduve en ardor cataratas, esteros y saltos, hundí las manos en el agua y se me escamaron los dedos, escuché el canto de la cigarra colorada, trepé árboles y algo de lo mío fue tronco, altísimo follaje, imité a las aves y estuve suspendido, entre gorjeos y un deseo extraño, dialogué con las bocas y los ojos de las sombras intentando aprender del miedo, enhebré un collar de semillas que terminó haciéndose nudo, ahogándome, seguí sin éxito las dulces huellas del oso hormiguero, caí en la cárcel de una de sus disimuladas trampas, vi de cerca la muerte, el veneno y la mordedura y supe que no existe otra sabiduría tan redonda como la sabiduría de la vida.
La selva fue esta ramazón de enmarañada exuberancia.
Este dolor a aguijón certero.
Este tatuaje que no se oculta y sin embargo no puede verse, entenderse, ni sentirse del todo.
Ahora amasamos juntos un mismo barro. (culposa tierra, inocente agua)
¿Qué formas adquirirá lo que amasamos?
II
Plumas de cigüeñas, palomas, loros, zorzales, tucanes, faisanes, perdices, halcones, papagayos, guacamayas y aves negras lucen los estandartes, los intactos tocados y los instrumentos.
¿Qué voz o vocabulario esconden? Cueros de zorros, ciervos, tapires, pumas, capibaras y monos abrigan profundas desolaciones, fríos bajo cero e intemperies consumidas por el fuego.
¿Qué alada ensoñación les revelan los cantos sagrados?
La luz ¿qué auspicios o augurios celestiales les aproxima?
¿Qué encierran las guardas, ipará o mitogramas de sus cestas?
¿Hacia qué misterios los acercan las lianas y qué distancias les acortan?
¿Qué sangre o dolido desmenuzado fuego hace más roja la tierra?
III
La niña acaricia un colibrí, no quiere enfermarse.
Un aletear de colores son sus manos.
La niña junta como si fueran pétalos el canto de los pájaros.
¿Qué perlado tiento de caracol lo sostiene?
¿Qué jaula de libertad lo encierra entre tantos tacuarales?
El final de la inocencia comienza siempre con otra dulzura, una dulzura similar a la miel.
La niña ha despertado, ha comenzado a ser mujer. Sin poder probar carnes rojas y azúcar, prueba un yuyo amargo, se humedece, envuelve y baña en él.
Y entre la niña y la mujer se suspende como aquel colibrí que acariciara, otro sueño.
¿Quién, qué delgadísimos dedos sostienen los claveles del aire?
Las orquídeas imitan a la selva desde sus retorcidas extrañas formas y su intacta belleza.
La niña también la imita.
Un bathus azul las cubre de cielo, compite con ellas.
Tiene el alma de un jaguar, lo dice su carácter violento e irascible.
La chicha lo adormece, lo prepara para soportar el dolor, un punzón de cuerno de venado su labio inferior le perfora.
Es extraño algo de la cruz hay en la forma del tambeta.
¿Qué celestísima luz fertiliza las corolas del aire?
El joven abandona al niño por las palabras de los adultos. El rezo que es canto, danza, música, lo libera de sus imperfecciones.
Las mujeres hacen sonar el mimby eta, sus sonidos también imitan a la selva.
Y hay aullidos, ululares, zumbidos, gemidos, tauteos, graznidos, rugidos, susurros, estridencias…
Amanece y frente a la casa de oración o templo, comienzan a moverse, a danzar, a ordenarse, a entremezclarse bastones de ritmo, sonajeros y tambores.
Buscan fuerza, alivianarse, limpiarse, alegrarse… y entre lamento, llanto y canto inauguran pasos y cruces de ataque y defensa, van hacia el camino de los dioses, en una mano llevan arcos y flechas, en la otra maracas y plumas, como aquellos que esgrimían en una la cruz y en la otra la espada.
Se dan coraje: he! he! he!... se agachan, una, dos, tres veces…imitan a los pájaros porque sus hombros se han transformado en alas y algo de colibríes, gavilanes y golondrinas los eleva.
Se celebra la sazón de los frutos. El humo del tabaco es niebla que bendice y purifica. El olor de las flores, de los mamíferos en celo, de los machos, de las hembras, se entremezcla.
Se le impone el nombre a los niños: Karaí, Verá, Araí…
Hay mazorcas de maíz, manojos de yerba mate, frutos de guembe y miel.
No falta la tibieza de una esperanza. Más allá, se desforman las hileras de hormigas que van y vienen con su transporte y suben, suben, suben… porque se avecinan vastísimas inundadoras precipitaciones.
Como ellas los Mbya leen los ojos y las catástrofes.
IV
Ojo por ojo, diente por diente. Si quemas la propiedad ajena te quemarán la propia.
Si hieres serás herido. Si robas serás azotado y devolverás lo que robaste. Si matas purgarás con tu vida. Y si huyes la saldará tu hermano.
Si violas a una niña y muere, tú también morirás. Tu alma será devorada por las felinas bocas del aire mientras ellos festejan ruidosamente. Ahuyentándola.
La escasa luz que hay se desparrama en cataratas.
Dio a luz y no puede comer carnes, ni sal, ni miel y él tiene prohibido esforzarse.
Con polvo de hongo arúa poá sanan de lo dañino y perjudicial el ombligo del niño.
Ella confecciona una cesta con tiras de tacuarembó. Circular como si se tratara de un vientre la confecciona.
Él la embellece o besa con guardas, trenzas o ipará de guembepi.
Plumas guardarán allí.
Plumas soltarán y al niño harán volar.
Con la floración del tajy, con la maduración de los frutos del filodendro y bajo luna menguante sembrarán: maíz, mandioca, frijoles, batata dulce y maní.
Jakairá recibirá las plegarias
VI
Cañas (takuara, takuarusú, takuapi y takuarembó) y raíces de güembé dan formas a los cestos. El ysypó pytá, chabotí y el catigué, color. ¿Qué sueños le dan vida a ese niño?
VII
Un arco de colores como un hierático collar cuelga del cielo.
(Les iban a devolver las tierras pero nada de eso hicieron).
Sobrevuela un tangasu anunciando una visita lejana.
Llora el urutaú.
También llora el recién nacido, quizás quiera volver.
Quizás quiera regresar a la tierra de más arriba.
¿A quién culpar?
El alma del niño tal vez siga a su padre y se extravie en la selva.
Pero no ha visto flores, ni aves, ni mariposas, ni cosas bellas que le recuerden el lugar que se extraña y sin embargo sigue llorando.
Es necesario mirarlos, mirarlos de frente, despertar y reconocernos.
También con el corazón.
La muerte trabaja como la larva en la oscuridad de todos,
inexplicablemente.
VIII
El verano se aproxima.
Lo anuncian bravíos los temporales, una cesta con flores de caraguatá, yerba del bugre, malva de monte e ysypó cruz
Y una atmósfera de fuego.
La cosecha comienza a desparramarse en sazonados frutos, la pindó es dulcísimo racimo de oro, el niño es nombrado dos veces, la tekoa redonda como una ocarina o la Jerojy oká reguá comienza a sonar, se cubre de alas.
Cuando llegan a lo más alto llegan despojados de todo como llega el poeta a la poesía, sin palabras. En carne viva. Sangrando.
IX
¿Qué anuncia esta procesión de máscaras?
¿Qué dice el crujir de tanta hoja seca?
Friccionan a un niño con cenizas calientes. Encienden hogueras. Entierran un amuleto de mangaysy. Beben sangre de jaguar sin coagular. Leen el cielo y los silencios.
Al anochecer sólo se escuchó el silbido agudo del Pombero.
Saben que la muerte quita los excesos de la tierra.
Que la magia moviliza y andan como venados en la selva: alertas, silenciosamente.
Los demonios se agazapan como pumas. Creen que los han exterminado pero merodean, están al acecho, siempre. El pajé cura, mezcla calaguala, uña de gato, ñandypa y songuy.
Atrae la lluvia.
Propicia buena cacería y cosecha.
Bebe y convida ka'aguí.
Un rugido de jaguar inquieta a todos como abejas.
X
Mandioca, batata, maní, camote, frijol, calabaza, sandía, algodón, papaya, tabaco, plátano y melón se desparraman como si la tierra fuera una cornucopia.
Dueños de la selva, de sus claroscuros, del lugar donde se lucha por la luz, deambulan empujados por lo que de negro tiene el hambre y la pobreza y lo que del blanco tiene la explotación.
¿Hasta cuándo deambularán?
¿El hartazgo de ayer será el hambre de mañana?
XI
La luz de la tarde se posa sobre tres mujeres como las mariposas sobre las flores: una tiñe con raíces un txiripá, la segunda borda un txumbé y la otra adorna un tupai.
Las tres brillan.
¿Son un anticipo de estrellas o de luciérnagas?
La luna platea como una baya o un pez a la tierra de arriba.
XII
Conviven con la tierra sin poseerla, sólo vaciándose en ella.
Son propietarios de los vientos, las raíces, los enjambres, el polen, la savia, los gorjeos…
Es tan sangre tierra el rojo de su sangre.
Tan adherencia, bulbo, corteza o piel.
Por eso levanto mi mano derecha y como otro zarpazo, puñal, flechazo, con mi letra que se inclina hacia la izquierda, escribo la rabia.
Más allá del jurua, de los “boca con cabello”, de los muchos en el mundo.
Más allá de nosotros o la indiferencia.
¿Quién enciende tantos ramajes, tantas antorchas, para que el grito también se ilumine?
Salven a la selva y salvarán a los Mbya
Luis Alberto Salvarezza. Poeta entrerriano
Eldorado, Misiones, Julio de 2011.


















