Sueños de mi paisaje
Caminábamos. Eran muchas personas desconocidas y otras cercanas. Hasta parte de mi familia se aparecía por momentos. Todos eran indiferentes. Vos y yo seguíamos en la fila interminable de gente, yendo hacia quién sabe dónde. Íbamos abrazados, como buenos amigos, nada más que eso. Pasamos campos con enormes flores y edificios en ruinas, siempre en hilera. Nadie nos observaba. De repente un arroyo, agua muy helada. Te alcé en mis brazos para que no tuvieras frío y unas mujeres desconocidas –que curiosamente mojaban sus pies en la escarcha de la costa de ese riachuelo de la selva- nos invitaron a reposar en su humilde casa de madera. Yo no las conocía, pero ellas reconocieron mi voz y me pidieron “un dedicado para la radio”. “Hace mucho que no trabajo en la radio”, les respondí. Pero poco les importó mi ensayo de explicación, me pusieron en la mano un papelito con muchos nombres y temas musicales que no leí pero guardé en mi mojado bolsillo del pantalón de monte, única prenda que llevaba puesta, luciendo mi redonda panza al aire.
Vos las mirabas expectante, en silencio (creo que nunca dijiste nada). Estabas radiante, maravillosa (¡qué novedad!) Tu ropa era una vincha ancha de color azul que sujetaba tu cabello hacia atrás y sobre tu frente destellaban unas luces de color oscuro y misterioso, que creo eran tus lentes de sol, enemigos de la belleza de tus ojos, las verdaderas estrellas de tu rostro. No vi tu cuerpo, pero sé que no llevabas nada sobre él. Cualquier vestido hubiese lastimado la tersura divina de tu piel. Me di cuenta entonces de dos cosas. La primera, que estábamos en Paraguay, vaya a saber dónde, tratando de regresar a Misiones junto a otros centenares que ya se habían ido, sin prestar atención a nuestro descanso. La otra revelación fue que yo no veía, estaba ciego y, sin embargo, no tenía miedo, porque estaba a mi lado una buena amiga, solidaria y compañera.
Me dormí –dormir en sueños es peligroso- y cuando reaccioné habían pasado esos minutos sin tiempo implacables, crueles. Me encontré solo esta vez. Desesperado intenté llegar hasta una esquina. Había recuperado la vista –milagro de los sueños- y alcancé a divisar tus cabellos rubios detrás del vidrio trasero de un colectivo que partía. Grité con todas mis fuerzas pero no me escuchaste. El ruido del motor era muy fuerte, ensordecedor, criminal. Alguien me dijo: “es el que sale para el puerto, para la última balsa”. Corrí hasta una ancha avenida, donde demasiada gente y un tráfico incesante de autos y ómnibus aceleraban dejándome atrás, yendo para uno y otro lado, en direcciones ignoradas para mí.
Imprevistamente me encontré celebrando el cumpleaños de un desconocido, en plena calle. Todos le cantaban algo del café, una canción que no recuerdo, una bonita tonada rumbera, pegadiza. Yo estaba tirado a un costado, exhausto, desconsolado y resignado al mismo tiempo. Sorpresivamente, el hombre del cumpleaños me indicó un colectivo que pasaba “cerca de la balsa”, me dijo que me apure y subí sin pensarlo. Todos los pasajeros me miraban con desconfianza. El chofer me cobró “tres pesos” el pasaje y recorrimos un camino –también sin tiempo- hasta que el reflejo de un río invadió mis cansadas pupilas. Era el río Paraná –eso creo al menos- y en su costa pasaban muchas cosas que no recuerdo bien, pero me parece que eran grupos divirtiéndose en el agua, botes, lanchas, gurises chapoteando alegremente. Me gustó ver ese río y a los niños.
Llegamos a un muelle y allí estaban otra vez los peregrinos que acompañaban la enorme caravana del principio. Lejos, arriba, hacían fila para abordar una enorme balsa, a punto de partir. Bajé del colectivo raudamente e intenté subir al muelle por varios lugares sin conseguirlo –(estaba lloviendo o era muy alto, no sé). Los chicos que jugaban en la ribera se acercaron, se apiadaron de mi apariencia de mendigo, mojado, semidesnudo. Me mostraron una escalera, que desaparecía a medida que la escalaba apresurado. Pude llegar al muelle y colocarme en la fila. Ahora todos tenían su mirada fija en la embarcación gigante que hacía sonar su impaciente sirena.
De pronto alguien me abrazó, no pude ver quién era pero supe enseguida que eras vos. Un aroma fascinante de flores se hizo dueño del paisaje. Otra vez estaba ciego y no le tenía a nada. Caminamos...
... Desperté. Esta vez era el paisaje de mi vida... Ya no un sueño.














