Paisaje (Episodio 1)
Seguiré explorando tus vertientes, en procura del agua clara y fresca que acaricie mis labios. Y llegaré despacio, desprevenidamente, a las más ocultas beldades de tu entraña, desatando en letras una tormenta verde. Recién entonces tu cuerpo y el mío se elevarán juntos, como un volcán en erupción magenta; y reirás, Paisaje, los colores más extraños, para volverte poesía en mis sueños.
Aunque lleve otro millón de años entenderme, no te preocupes. Comenzaré de nuevo, suavemente. Una y otra vez subiré cada palmo, aferrado a tu trenza, las pendientes infinitas de tus delicados cerros. En un ir y venir trémulo, resbalaré en la tersura de tu piel mojada de mi piel. Y me quedaré allí, dormido –ambos dormiremos- en cada rincón de tu salvaje anatomía, como si fueran las estaciones de un viaje sin retorno, sobre las espinas de tu vientre que no duelen, aspirando los aromas más exóticos, silencioso por temor a despertarte.
Y nacerá un cuaderno interminable de versos. Revelaré por qué, cómo y cuánto te quiero. Recién entonces me entenderás, espero (no sé cuándo, nuevamente, nunca más). Llamaré a este libro “Paisaje”, y nadie te nombrará Paisaje, como yo te nombro.
Si alguna vez no conociste tus límites, no te pongas triste ahora. Ni te sientas atada a mi locura. Iremos liberando juntos, si querés, Paisaje, poquito a poco, los duendes de una literatura nueva, para ganarle el corazón a los humanos. A esos que te hieren, insensatamente.
¿Qué es lo normal, Paisaje? Es ser instinto, ser bestia. O tal vez se trate de amar sin prejuicio a quien el camino nos ofrenda sin precio. Ser mariposa de un día; o tortuga, indiferente, en la costa de un arroyo oscuro de tu selva, bajo un único rayo de sol que penetra insolente tu santuario. Quizás araña, dibujando su tela en la cúspide occidental de tu cuerpo, para sostener en ella, como rocío diamantino, las cuatro estrellas de tu rostro.
Así fue antes; es ahora... Por ahora.
Cómo es posible que no se den cuenta que nos lastiman tanto. Que los árboles se desangran abrazados, devolviéndonos el último agua de sus lágrimas. Y duermen como nosotros, enredados, acariciándose, miedosos de este escándalo de codicia y muerte.
¡Dios! Nos están talando el alma.
Sólo este poco tengo yo para darte, Paisaje. Un montón desordenado de palabras y mis caricias audaces, rústicas, inciertas. Casi nada
“Bicho do Mato”, Puerto Iguazú, Misiones (8 de junio de 2005)