Las siete ranas
Las ranas estaban vivas. Después de haber permanecido más de siete días encerradas herméticamente, nadie daba un peso por ellas. ¡Cómo podrían haber resistido! Sin embargo, cuando abrimos el recipiente comenzaron a salir globitos y los morros de las batracias comenzaron a emerger uno a uno, como si el tiempo se hubiese detenido para ellas 170 horas atrás. Testigos absortos de esta milagrosa supervivencia, mirándonos unos a otros, otros a unos, descreídamente, buscamos una explicación que nos complaciera, cosa que sabíamos sería tan solo una mentira que negara el extraño fenómeno de la resistencia. Algo para engañar la conciencia.
Mientras tanto airosas, las siete ranas se colocaron en fila y con sus croares construyeron una hermosa melodía. Nos miraban, creíamos, pero en realidad miraban al cielo que estaba detrás de nosotros, palmariamente indiferentes a la presencia de un grupo de sabelotodos de la ecología que seguían preguntándose unos a otros, y otros a unos, sobre esta nueva y extraña manifestación de la naturaleza. Fuimos desde ésta hasta Dios, sin olvidar los ensayos genéticos y las clonaciones hiitlerianas que tal vez hayan llegado hasta este tipo de raros anfibios anaeróbicos, buscando quizá un cromosoma que hiciera a los buzos nazis inmunes a la asfixia por inmersión.
Pero eran ranas, maravillosas y simples ranas.
Intelectualizando argumentos nos pasamos días, semanas, años. Entretanto, el coro de las siete ranas seguía su sinfonía cada tardecita en los tacuarales, inundando de su dulce sonido todo en los alrededores; en tanto nuestros niños danzaban en armonía siguiendo los acordes que nuestros oídos no sabían escuchar.
No estábamos educados para escuchar el canto de la vida.
Un día las ranas se callaron. Fueron siete las últimas cantoras. Sus cuerpos jamás fueron hallados y, junto al enmudecido charco de agua, sólo quedaron huellas de intelectuales ecologistas rodeadas de las marcas de los pies pequeños, describiendo un círculo interminable e insistente de caminos, cortos, imprecisos, negligentes.
El sabio más avezado le echó la culpa a los extraterrestres.
Esta historia nos la recuerdan nuestros niños, que son adultos ahora. Con nostalgia de las ranas y una memoria de elefantes.
El "becho de bicho" tiene dueño. Felicitaciones Gabriel. Se trata del ala de una mariposa nocturna, muy grande.











mmmhhh..... yo creo que son las alas de una mariposa....pero no estoy seguro, para variar
Acertó. Gabriel es un gran conocedor de la naturaleza. "El becho" ya tiene dueño.
Gracias!
Las alas... que gran invento. Lei el otro dia "quiero la fe de los pajaros, cuando saltan al vacio"
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