Siempre que llovió, paró
Siempre que llovió, paró. Pero aquella vez fue diferente. Es decir, la lluvia no dejó de caer por mucho tiempo. Y todo parecía volverse acuático; éramos como anfibios refugiados en islas de madera y cemento, pilas de ladrillos ofendiendo el paisaje del inmenso lago. Agua, mucha agua hacia donde quiera que se fijaran nuestros ojos.
“Un poco está bien”, había dicho, luego de unas dos semanas de precipitaciones un vecino de la chacra donde estábamos viviendo, o flotando, porque para entonces ya no se sabía si el mundo se había vuelto un enorme charco de agua. “Pero tanta agua arruina las cosechas”, porque “se pudren las raíces y se funden las plantas”, explicaba el campesino con empírica sabiduría. Lo que su experiencia no le había contado era que alguna vez podía llegar a llover tantos meses, o años, ininterrumpidamente.
Nadie habló de diluvio, pero muchos lo pensaban. Ya no había calendarios y las cruces se acumulaban sobre el almanaque de la panadería, tratando de medir el tiempo que pasaba. Teníamos alguna noción, hasta que se terminó la tinta en los bolígrafos, que duraron aún más que la mismísima panadería, que tuvo que cerrar después de un siglo de servicios, cuando ya no hubo harina, ni leña... ni clientes.
Jamás pensé que podíamos envidiar de tal forma a los peces. Y a las aves silvestres que parecían estar de fiesta en fiesta, orondas de alegría, visitando los techos de cada casa-isla del paraje. Las mirábamos por la ventana cruzar los aires en todas las direcciones.
Los cuadros y ventanas eran nuestra nueva televisión, la única que funcionaba.
Sin embargo, nadie sabe entender el idioma de la naturaleza. Y un día –tal vez un martes, o un sábado- vimos pasar los primeros bultos emplumados flotando inertes en el camino de agua. La corriente aún tiraba para el mismo lado, aunque era tan leve su movimiento, que a veces la gran inundación parecía un piso espejado, de límites nunca imaginados, un horizonte de muerte hacia el que caminábamos.
Un viejo libro de ecología, del que nadie había aprendido, nos sirvió para razonar lo que ya ahora parecía irreversible. El agua se contaminó y se enfermaron los peces. Las aves murieron al comerse a estos últimos. ¿Y nosotros qué...? El libro nos ofrecía más dudas que certezas. Nadie comprende el idioma de la naturaleza.
Ya no veíamos más a nuestro vecino. Tal vez se fue a tiempo, o “se habrá convertido en agua”, dijo uno de mis hermanos chiquitos, que desconocía la historia porque había nacido en la casa-isla ya adentrada la era de las lluvias. Recordábamos las largas charlas con aquel campesino. Él nos había hablado de la represa, algo del “cuerpo de cristo” nos relató una tarde mirando azorado subir las aguas del Paraná bravío, un “río elemental” –decía- al que no tomamos aquella vez en serio.
La canoa apenitas se mecía. Sin tener adonde ir se dejó morir atada a nuestro capricho de tenerla allí, esclava. Cuánto egoísmo, pensé. Cuánta ambición injustificada.
Es que nadie comprende el idioma de la naturaleza. Sólo Dios lo habla.
FOTO: EMILIANO SALVADOR











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