NOTAS DEL BICENTENARIO I
"No la ven; cómo puede ser que no la vean", rezongó el joven militante que aún vive en mi conciencia. Otra vez vos, me contesté, ¿qué bicho te picó ahora? idealista incurable, le dije dejando caer la cabeza entre mis manos, fastidiado. "Digo que la historia se repite en este país y, otra vez, no la ven, viejo", insistió la misma voz interior.
Les presentó al párvulo idealista sobreviviente. Aquel que celebró la reconquista de la democracia en 1983 y apostó a la formación política y a la doctrina partidaria como únicas armas para devolverle el espíritu a una nación devastada por los milicos del maldito proceso. El que anunciaba que no debían abandonarse jamás los preceptos fundacionales de las causas nacionales y populares. Él, y tantos otros, estaba convencido de que ese combustible ético tenía que ser inyectado en la corriente sanguínea del territorio argentino para hincharlo de fervor y de memoria. "La política es un servicio", pregonaba.
Saben qué le pasó al infeliz enamorado de la democracia. A poco de andar, sus ideas le sirvieron para que le pusieran las etiquetas de "idealista", "zurdo"; "subversivo" lo llamaban para apartarlo de la política "práctica" que planearon los traidores.
(Si eso de "zurdo" significa no ser como ellos, los traidores, bendita sea la etiqueta, compinches. Al menos de "anemia ideológica" no nos vamos a morir)
Otro de mis yo alguna vez llegó al punto de pensar que la Argentina tenía fecha de vencimiento, como el dulce de leche (un invento criollo que se ganó el mundo, decimos jactanciosos todos mis yo al unísono) Que ya se le había pasado el tiempo útil al "ispa", que comenzaba a ponerse rancio, ácido y putrefacto. Creía que ya no existían aditivos que le conservaran el gusto a vivir en esta tierra de tradición lastimera y fatalista. Como el reproche de un tango, ese pensamiento me acompañó por un tiempo, hasta que me convencí de que no existen naciones vencidas si sus pueblos no se rinden. Y comencé a remar de nuevo.
Entre los cientos de ser argentinos que habitan en mí, el yo de hoy comprendió que no puede estar ausente cuando tañen las cacerolas, cuando arrancan los tractores y, humillando nuestra memoria, se postran ante el poder los pastores. Últimamente, lo suelo ver a ese yo mezclado entre muchos hermanos excluidos (como él y como yo) que dan testimonio del fracaso político de los invulnerables dueños de la verdad. Anda de buenas con los que anuncian la justicia y con los que denuncian las permanentes violaciones a los derechos humanos que se suceden desde remotos tiempos. Es un mensú, una tarefera, un maestro; es un agricultor, una pasera, una enfermera, un resinero, un estudiante... un inocente muerto más.
Desde el barco semihundido, los empecinados acólitos locales del neoliberalismo -la derecha disfrazada- observan aterrados como sube la marea popular. Desde la cresta de una ola, los veo aferrarse a sus salvavidas (de plomo) y ellos, en la cúspide del cadalso, aún tienen la soberbia de juzgar con desprecio a quienes se movilizan reclamando alimento y trabajo. ¿Qué esperaban que hicieran las víctimas de sus políticas? La historia se repite y, otra vez, no la ven.
(Porque los que robaron tanto piensan quedarse, ¿ustedes se habrán dado cuenta? A toda costa piensan quedarse, aunque para ello se muerdan el rabo intercambiando camisetas)
Mas la infalible lógica mundana indica que, cuando el pueblo pobre comienza a exigir que se respeten sus derechos, se abre otro capítulo en la historia de un país. Dios mediante y sin violencia, a la demanda de pan y empleo dignos (que a todos les corresponde) le seguirán la salud, la educación, la tierra... Esta correntada no podrán pararla con los viejos ardides del clientelismo.
No sé cuántos otros yo conviven en mí. Todos forman parte de este yo argentino, incurable idealista apasionado. Me quedo con este último, el que soy actualmente. Eso sin renunciar al pasado que como en procesión va y viene, que me mantiene atento, fortalecido en la idea de retomar antiguas revoluciones inconclusas para ponerlas en puja con la injusta realidad que hoy vivimos. Me da fuerzas pensar que entre tantos miserables especuladores, un nuevo tiempo se construye desde abajo, desde donde está la paz y la verdad.
Yo. Argentino
Violeta Bondarenco recordó la frase legada por Martin Luther King: "Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda".