
¿Cómo puede pedirse a los pueblos originarios que proyecten su futuro en áreas que no garantizan ni su propia descendencia?
Hablar de muros puede resultar anacrónico, fuera de lugar en la historia. Sin embargo, cuando de territorialidad indígena se trata, debe comprenderse este signo como una fuerte advertencia a las omisiones que la sociedad dominante comete, por soberbia o falta de verdadero interés.
Las minorías que aún conservan su tradicional manera comunitaria de vivir se encuentran acorraladas, acotadas a minúsculas superficies que, contrariando lo establecido en la Constitución del 94, no son suficientes para su desarrollo. En el caso de los pueblos que alguna vez fueron migrantes, la natural expansión demográfica agrava la situación. Ya no hay “nuevos comienzos” para los grupos migrantes y la sobrepoblación amenaza su supervivencia en los espacios a los que se les reduce obligadamente.
Esta realidad es todavía más acuciante en el caso de nuestra cultura de la selva, porque la selva ya no está y no precisamente porque ellos la hayan devastado.
Concretamente, en una de las comunidades indígenas de Puerto Iguazú, la densidad de población era en el año 2005 de 0,64 habitante/hectárea (h/h). Hoy, sólo cinco años después, ese número es de 1,51 h/h. Esto significa, nada más ni nada menos, que un 136 por ciento de crecimiento de la población sobre el mismo pedazo de terreno. En cifras duras, este ritmo de crecimiento es al menos 20 veces superior al que, en promedio, manifiesta la Argentina en su conjunto.
Si se tiene en cuenta que los territorios indígenas están incluidos en el sistema de áreas protegidas de Misiones como “reservas naturales y culturales” guarani, la relación se endurece todavía más al tener en cuenta que el status mencionado lleva implícito un plan de manejo socio-ambiental. Con este criterio establecido por ley provincial, debe existir un equilibrio entre los bienes naturales (la selva), la vida comunitaria y, eventualmente, las áreas de producción. Dependiendo del caso, el índice demográfico puede hasta duplicarse con estas imposiciones.
¿Cómo puede pedirse a los pueblos originarios que proyecten su futuro en áreas que no garantizan ni su propia descendencia?
En esa misma área territorial cada año más familias deben establecer su hogar, producir su agricultura y ganadería menor de subsistencia e intentar -con los pocos medios a los que acceden- sostener su tradicional manera de ser y de vivir.
Hablar de muros, o de cercos de alambre tejido, que demarquen un territorio indígena no es hablar de límites físicos ni de aislamiento voluntario. Es a mi humilde juicio una forma más de ganarle tiempo a la historia. Otro llamado de atención hacia los intolerantes “de afuera”.
Quienes han perdido mucho no están dispuestos a entregarlo todo; y deben organizarse para cuidar a sus niños y mujeres de la codicia que no deja de avanzar, los envuelve y ahoga.
Las culturas que coexisten en la tierra de las Cataratas deberán conocerse más si es sana la intención de convivencia, ya qu
e ésta está muy lejos de ser lograda en las actuales condiciones. Se hace necesaria con urgencia una educación apropiada para la convivencia. Y si que los blancos aún creemos que las leyes garantizan la armonía social, deberemos respetar las leyes indígenas en sus territorios, posibilitar el entrenamiento de policías indígenas que garanticen su cumplimiento y para que interactúen con las otras fuerzas de orden público. También, entre otras cosas, equipar y capacitar a los dueños de los territorios para que controlen y resguarden sus bienes comunitarios con las tecnologías que hoy están disponibles.
Recién entonces los muros pasarán a ser una anécdota de viejos tiempos pasados.
-------------
OTRA MIRADA
Los excluidos y los desoídos se lastiman a sí mismos para llamar la atención de los indiferentes a su dolor y a sus reclamos.
Con los ojos cerrados en la historia
Basta recordar los ayunos de Gandhi para comprender este fenómeno. O pensar en aquellos seres humanos privados de la libertad que se automutilan para evidenciar la privación o supresión de sus elementales derechos. O en las memorables huelgas de hambre de numerosos dirigentes obreros de los principios del sindicalismo.
Los excluidos y los desoídos se lastiman a sí mismos para llamar la atención de los indiferentes a su dolor y a sus reclamos.
También desde esta mirada, puedo decir que ciertas maneras de protestar de los pueblos originarios no son más que síntomas de su confusión ante la incomprensión de la sociedad y la indolencia de los gobiernos. Porque lejos están éstos del rumbo que conduce a un reencuentro con nuestros hermanos indígenas; lejos han estado siempre, no sólo ahora, de gestar, en ese sentido, políticas públicas claras y apropiadas.
Y por esa maldición de siglos que no nos permite a los blancos aceptar las diferencias.
Pero los prolongados ayunos del Mahatma derivaron en la independencia de un país. Y las conquistas obreras fueron casi siempre la consecuencia de largos periodos de protesta y sacrificio social. A veces incluso, de mucha sangre.
Y esto no debemos olvidarlo, a pesar de las muertes que día a día produce el abandono.
La instalación de rozados a la vera de un camino troncal que conduce a lujosos hoteles es, a mi juicio, otra manifestación de la dolorosa resistencia del pueblo indígena. Montes que ya no lo son, talados, ropa y ranchos de pobre tendidos en ese paisaje alucinante ahora lastimado por poderosos e indigentes. Y cada cual muestra lo suyo como más le conviene. Porque no se puede conducir con los ojos cerrados en la escabrosa ruta de la historia.
Etnias originarias resolvieron desaparecer de la faz de la tierra antes que entregar sus tradiciones. No importa lo que cada uno de nosotros individualmente opine. Lo que estoy escribiendo yo no cambia nada. Con los ojos abiertos, la cruda realidad es evidente.
La deuda con el pueblo de la selva es colectiva y a todos, como sociedad, nos pesa en la conciencia.